en un momento crítico
y mi realidad cambió.
Sólo cuatro palabras
y ya no pude,
ni lo intenté,
dejar de pensar en vos.
Una vida entera
a partir de ese momento
como la piedra fundacional
de los años que vendrían.
Y una promesa
que todos los días se cumple.
Una base
de cuatro palabras
que sólo vos dijiste
pero que yo tomé
y apropié como mías
para cumplirlas también.
En aquel tiempo,
con cuatro palabras
y tus besos,
supe que ya no me iría,
no quería vivir
de otra manera.
Nadie, nunca,
me había hecho sentir así:
chiquita y grande a la vez,
débil y fuerte.
Esas cuatro palabras
terminaron de convencer
a esta alma oscura
de que teníamos
cosas hermosas por vivir.
Porque, detrás de mi fachada negra
que no quería una familia,
sólo había una chica
que soñaba todos los días
con encontrar al amor de su vida
(ella sabía, en el fondo,
que aún no había llegado).
Y la que no quería
un amor empalagoso,
terminó escribiendo cartas
llenas de “te amo”.
La que no quería un compromiso
terminó comprometida
con una vida en común.
La que no quería hijos
tuvo dos hijas maravillosas.
La que no quería nada de nada,
terminó teniendo todo de todo.
Solamente
cuatro palabras,
tus besos, tus abrazos,
tu manera de tratarme:
Rendida a tus pies.
“Te voy a cuidar”
me dijiste.
Y acá estamos,
veinte años después,
cuidándonos.