Alguna vez mi alma va a explotar y voy a tener un día de furia saliendo a gritar cosas que, por decoro, no grito. Un día me voy a cansar de ser la buena y voy a decir todo lo que pienso sin filtros.
Las veces que sucedió no terminó
bien. Las personas no están dispuestas a escuchar lo que no quieren. Las
personas no quieren saber lo que los demás piensan de ellas, pero sí están
dispuestas a marcar cada cosa que no les gusta.
Aprendí a callarme la mayoría de
las veces. Más por mí que por el resto. Aprendí que mucha gente te pregunta qué
opinás y cuando das tu opinión, se enoja. Aprendí a no “ayudar” si no me dejan
hacerlo como sé. No negocio hacer las cosas de modo diferente: Sé hacer tal
cosa, de tal manera; no me voy a adaptar a tu forma que me da el doble de
trabajo.
A veces, me toman por antipática
o poco solidaria. No lo soy. Crecí. Aprendí qué batallas quiero luchar y quiero
estar lo más en paz posible.
De todas maneras, por mi
naturaleza mandona, me resulta muy difícil ser sólo espectadora y ver que las
cosas no se hacen como yo las haría. Quizás también por eso escribo. Para no
tener un arranque de ira y que lo demás piensen que enloquecí sin saber qué
siento y sin tomarse el trabajo de preguntármelo.
Gran parte de mi vida se pasó
escuchando y conteniendo a otros, pensando (sintiendo) que el otro tiene que
tener de mí una figura amigable. Ya no más. En este preciso momento soy yo la
que necesita escucha y contención, pero nadie parece darse cuenta. O a nadie le
importa. No lo sé.
No hay comentarios:
Publicar un comentario