Alguna vez ya escribí sobre esto en redes, pero por alguna razón tengo que volver a hacerlo. Se ve que no completé ese día el ciclo del duelo (sigo sin completarlo creo, a pesar de la aceptación).
El día que te fuiste lo acepté y
lo tomé bastante bien. Como me enseñaste. Había que hacer papeles, firmar,
hablar con gente… Un trámite más de la vida en el momento en que la tuya se
detuvo y mi mundo se pintó de gris. Literalmente de gris. Entré al hospital con
el cielo nublado, pero no tanto. Y cuando salí, ya habiéndote despedido, el
cielo era gris oscuro y lloviznaba.
Ya había hablado con el médico,
le firmé los papeles. Me agradeció que no te hayamos dejado solo y me mandó a
una ventanilla a hacer el resto del papeleo. Era domingo, siete de la tarde…
Por supuesto, la ventanilla estaba cerrada. El mundo para mí se había detenido,
pero sólo a mí. El resto seguía girando. Y era como si estuviera caminando en
una ciudad donde a nadie más que a nosotros le importaba que no estuvieras.
En medio del dolor, en la entrada
del hospital, mientras hablábamos, escuchamos un ruidazo: PUM! PUM! Y un grito
ahogado: “Abran la puerta!”. Era un tipo. Habían cerrado el baño hacía dos
horas y lo dejaron adentro. Un boludo (dirías vos). Avisamos y nos fuimos.
Ahí, con mi mundo detenido,
empezamos a mandar mensajes. Qué cosa tremenda que todos te digan: “Dejó de
sufrir”, “Está con Dios”, “Ya está en paz”. Y es cierto, pero mi mundo estaba
detenido. Haciendo cosas por inercia, poniendo en práctica lo que aprendí
porque ya lo había visto muchas veces.
Mi vida estaba cambiando. Y, si bien sabía que podíamos encontrar este
final y me preparé para eso, nada te prepara para el vacío que queda. La gente
que te quiere bien, no sabe qué decirte, porque se ponen en tu lugar y saben lo
que puede llegar a doler. Y buscan frases hechas, pero que representan un poco
tu destino. Las personas tienen buenas intenciones, pero no es consuelo. Y no
tienen la culpa tampoco.
Así que, con el cielo gris y el
mundo que seguía girando, volvimos a casa. Comimos con Mamá y cada uno para su
lado. A intentar procesar lo que pasaba. Al día siguiente había que ir a la
morgue, firmar otros papeles y esperar a la casa velatoria.
Tomamos con Mamá, Diego y Rocío
un último cafecito en el bar del hospital. En honor a vos. Recordando tantas
mañanas de espera. Fuimos también a agradecerle al doctor, como me enseñaste.
Aunque no haya salido como queríamos él dio su mejor esfuerzo y fue muy humano
y sensible con vos y con todos nosotros.
Ese lunes había un sol tremendo.
La tormenta, el gris, se había ido y la gente en la calle seguía su vida. A
ellos nos les había pasado nada. Así que volví a casa.
Traté de hacer como que todo
seguía normalmente. Me puse a limpiar y a ordenar. Los llamados y mensajes
seguían: “¿Lo van a velar?” (No, ya te habíamos velado en vida tres días
seguidos), “¿Cuándo es el entierro? No te olvides de avisarme”. Realmente intenté
que todo siguiera normalmente. Pero, en mi interior, sabía que no era así.
Finalmente, nos avisaron que el martes era el entierro. Otra vez mil mensajes.
Y el martes, otro día de sol
radiante. Cuando salimos de casa para subirnos al auto había una mariposa en la
ventana de la pieza donde el abuelo te mandaba cuando tenías mucha alergia. Fuimos al cementerio, escuchamos el responso y
de ahí al crematorio. Para mi sorpresa, ya no se entra más ahí. La despedida es
con el cajón dentro del auto fúnebre. No me atreví a acercarme. Había sido
demasiado. La morgue, la capilla, ver a mis hermanos, a Diego y cargándote…
Pero, mientras la gente me hablaba, la vi. Una mariposa exactamente igual a la
de la mañana, se posó en una punta del cajón.
Los expertos dirán que era
temporada de mariposas… Pero yo elijo creer que eras vos, mostrándonos que no
te fuiste del todo. Haciéndome ver que la vida sigue y que el mundo no se
detiene. Una mariposa que me muestra que no estoy sola y que te fusite, pero
seguís pululando a mi alrededor (y el de todos).