domingo, 25 de mayo de 2025

Parte de la vida

                Alguna vez ya escribí sobre esto en redes, pero por alguna razón tengo que volver a hacerlo. Se ve que no completé ese día el ciclo del duelo (sigo sin completarlo creo, a pesar de la aceptación).

               El día que te fuiste lo acepté y lo tomé bastante bien. Como me enseñaste. Había que hacer papeles, firmar, hablar con gente… Un trámite más de la vida en el momento en que la tuya se detuvo y mi mundo se pintó de gris. Literalmente de gris. Entré al hospital con el cielo nublado, pero no tanto. Y cuando salí, ya habiéndote despedido, el cielo era gris oscuro y lloviznaba.

               Ya había hablado con el médico, le firmé los papeles. Me agradeció que no te hayamos dejado solo y me mandó a una ventanilla a hacer el resto del papeleo. Era domingo, siete de la tarde… Por supuesto, la ventanilla estaba cerrada. El mundo para mí se había detenido, pero sólo a mí. El resto seguía girando. Y era como si estuviera caminando en una ciudad donde a nadie más que a nosotros le importaba que no estuvieras.

               En medio del dolor, en la entrada del hospital, mientras hablábamos, escuchamos un ruidazo: PUM! PUM! Y un grito ahogado: “Abran la puerta!”. Era un tipo. Habían cerrado el baño hacía dos horas y lo dejaron adentro. Un boludo (dirías vos). Avisamos y nos fuimos.

               Ahí, con mi mundo detenido, empezamos a mandar mensajes. Qué cosa tremenda que todos te digan: “Dejó de sufrir”, “Está con Dios”, “Ya está en paz”. Y es cierto, pero mi mundo estaba detenido. Haciendo cosas por inercia, poniendo en práctica lo que aprendí porque ya lo había visto muchas veces.  Mi vida estaba cambiando. Y, si bien sabía que podíamos encontrar este final y me preparé para eso, nada te prepara para el vacío que queda. La gente que te quiere bien, no sabe qué decirte, porque se ponen en tu lugar y saben lo que puede llegar a doler. Y buscan frases hechas, pero que representan un poco tu destino. Las personas tienen buenas intenciones, pero no es consuelo. Y no tienen la culpa tampoco.

               Así que, con el cielo gris y el mundo que seguía girando, volvimos a casa. Comimos con Mamá y cada uno para su lado. A intentar procesar lo que pasaba. Al día siguiente había que ir a la morgue, firmar otros papeles y esperar a la casa velatoria.

               Tomamos con Mamá, Diego y Rocío un último cafecito en el bar del hospital. En honor a vos. Recordando tantas mañanas de espera. Fuimos también a agradecerle al doctor, como me enseñaste. Aunque no haya salido como queríamos él dio su mejor esfuerzo y fue muy humano y sensible con vos y con todos nosotros.

               Ese lunes había un sol tremendo. La tormenta, el gris, se había ido y la gente en la calle seguía su vida. A ellos nos les había pasado nada. Así que volví a casa.

               Traté de hacer como que todo seguía normalmente. Me puse a limpiar y a ordenar. Los llamados y mensajes seguían: “¿Lo van a velar?” (No, ya te habíamos velado en vida tres días seguidos), “¿Cuándo es el entierro? No te olvides de avisarme”. Realmente intenté que todo siguiera normalmente. Pero, en mi interior, sabía que no era así. Finalmente, nos avisaron que el martes era el entierro. Otra vez mil mensajes.

               Y el martes, otro día de sol radiante. Cuando salimos de casa para subirnos al auto había una mariposa en la ventana de la pieza donde el abuelo te mandaba cuando tenías mucha alergia.  Fuimos al cementerio, escuchamos el responso y de ahí al crematorio. Para mi sorpresa, ya no se entra más ahí. La despedida es con el cajón dentro del auto fúnebre. No me atreví a acercarme. Había sido demasiado. La morgue, la capilla, ver a mis hermanos, a Diego y cargándote… Pero, mientras la gente me hablaba, la vi. Una mariposa exactamente igual a la de la mañana, se posó en una punta del cajón.

               Los expertos dirán que era temporada de mariposas… Pero yo elijo creer que eras vos, mostrándonos que no te fuiste del todo. Haciéndome ver que la vida sigue y que el mundo no se detiene. Una mariposa que me muestra que no estoy sola y que te fusite, pero seguís pululando a mi alrededor (y el de todos).

martes, 13 de mayo de 2025

Cuaderno nuevo

                Ya muchas veces escribí sobre el bloqueo que sentía cuando quería escribir y no podía plasmar ni media palabra. Una cosa espantosa, donde hay un deseo muy grande y, pareciera, nada nuevo para decir. Hace aproximadamente 20 años me sucedía seguido. Había sido mamá recientemente y a pesar de querer escribir cada pequeño logro o gesto de mi beba, no podía hacerlo. No quería perderme nada. Verla dormir, comer, observar el mundo y sorprenderse era lo que ocupaba mi tiempo.

               Tenía ratos libres, claro. Pero no lograba la concentración y el clima adecuados para escribir. En ese tiempo andaba en un debate interno. Porque venía de un lugar donde “los escritores son bohemios”, “ser escritor no coincide con tener una vida familiar y ocuparse de una casa”.

               Y así fue como, poco a poco, dejé de escribir y de tomarme el tiempo para hacerlo. No. No fue culpa de la maternidad o de las ideas que tenía. Simplemente, no supe congeniar esas dos partes de mi vida. Sentía que sólo tenía que ocuparme de que mi familia chiquita funcionara. Digo “chiquita” porque la parte de mis padres y mis hermanos estaba intacta. Yo quería una familia sólida como esa y tenía que trabajar por y para eso. En mi mente, no había lugar para otra cosa. Me hace feliz saber que voy por el buen camino (creo).

               En estos casi veinte años pasaron muchas cosas: Tuve otra hija, fundamos una empresa con mi marido, murieron mi abuela, mi papá, la pasamos feo económicamente, compramos un auto… Muchas cosas y, para todas, una anécdota. Cada tanto, despuntaba el vicio haciendo algún posteo en Facebook. Pero no pude mantener la constancia ni los rituales para escribir.

               También, en todos estos años, me convertí en una persona egoísta (para el afuera de mi círculo) y dura con respecto a mis sentimientos. Y, por momentos, me olvidé de cómo era mi vida antes: Llena de museos, recitales, encuentros de escritores, cuadernito, lapicera y libro en la cartera.

               De todos modos, UN POQUITO escribí estos años. Hice muchos cursos, estudié a conciencia. Los cursos no tenían nada que ver con Literatura, pero me obligaron a activarme y escribir “alguna cosa”.

               Hasta que el año pasado mis hijas empezaron a leer las cosas que yo escribía y se sorprendieron. Y me retaron por no seguir haciéndolo. También mi hermano me retó en una mesa de domingo: “¿Por qué dejaste de hacerlo? Lo hacías bien”

               Estos retos fueron los que despertaron otra vez el bichito en mí. Pero (siempre hay un pero) tenía un problema: TODO lo que yo escribía hablaba de amores imposibles, situaciones ideales y utopías…  Ya todos sabemos de las utopías… Entonces, voy a volver a escribir, pero ¿sobre qué? Amores imposibles no tengo, la vida real muchas veces no es la ideal…

               Como persona del mundo actual, abrí el Word en la PC y empecé a escribir sobre lo enojada que estaba por cosas que me habían pasado ese día… Lo dejé por la mitad. No me encontraba a mí misma escribiendo así. Lo intenté varias veces y lo mismo. ¿Cómo puede ser? Así que, entre tantas cosas que pienso, también pensé en eso. En el medio, mi hermana me regala un libro.

               CLICK!! Ahí estaba. Necesitaba papel. Al mismo tiempo, escuchaba (escucho) podscats sobre temas que me interesaban. CLICK!!  ¿Inspiración? “Agarrá ya mismo un papel y una lapicera y escribí eso”. La parte de atrás del cuaderno de pedidos se llenó de frases sueltas. Así que busqué otro cuaderno, transcribí las frases y agregué otras. Y compré un cuaderno nuevo y escribí un recuerdo que otras veces conté oralmente. Pero necesitaba escribirlo. En el cuaderno de frases sueltas anoté todas las cosas sobre las que quiero escribir.

               Volver a hacer lo que e hace feliz, ser libre en el pedacito de papel. Probablemente ya no hable de utopías o de amores imposibles, pero seguro voy a plasmar mis vivencias (o no). Ya no más miedo a la hoja en blanco. Vamos a hacerlo a la antigua: papel y lapicera, tiempo, ceremonias de café y cuaderno, cerrar los ojos y ver exactamente lo que quiero escribir. Un compromiso con lo que fui, lo que soy y lo que seré.

domingo, 11 de mayo de 2025

Pajaritos de ceibo

               Todavía recuerdo la fascinación que me causaba cada vez que mi abuelo agarraba algunas flores del ceibo de la vecina e inventaba pajaritos. Era un ritual. Porque hacer pajaritos rojos no era una tarea fácil entre tres preguntones.

               Así que el Abuelo, primero, desprendía la quilla del cáliz. Luego, la abría en dos y sacaba “estas cosas que tiene adentro” (“Son el androceo y el gineceo”, corregía Leti). Una vez separadas las alitas, hacemos unos agujeritos en “esta pollera” (“La corola”, corregía de nuevo Leti) y ponemos las alitas en los agujeros.

               Era MUY importante que las alas estuvieran puestas de forma que, si fuera un pájaro de verdad, pudiera volar. Después de las indicaciones lo intentábamos nosotros. Por supuesto, a la tercera vez que nos explicó, ya sabíamos hacerlo. Pero con el Abuelo Negro todo era descubrimiento. Aunque lo hiciéramos mil veces, cada vez había algo distinto.

               En ocasiones, el Abuelo agarraba el carretel de piolín y, cuidadosamente, lo ataba a las “cabezas” de los pajaritos. Los colgaba en la reja y nos hacía soplar. ¡Los pajaritos volaban!

               Así, cada vez, quedaba fascinada con los saberes de mi abuelo, que no eran más que ser un abuelo creativo. Los pajaritos de ceibo tienen un lugar tan especial en mi ser que un día, sin darme cuenta, me encontré enseñándole a mis hijas cómo hacerlos y recordando esas tardes donde todo era diversión y asombro.

Cuatro palabras

Cuatro palabras en un momento crítico y mi realidad cambió. Sólo cuatro palabras y ya no pude, ni lo intenté, dejar de pensar en vos.   Una...