Ya muchas veces escribí sobre el bloqueo que sentía cuando quería escribir y no podía plasmar ni media palabra. Una cosa espantosa, donde hay un deseo muy grande y, pareciera, nada nuevo para decir. Hace aproximadamente 20 años me sucedía seguido. Había sido mamá recientemente y a pesar de querer escribir cada pequeño logro o gesto de mi beba, no podía hacerlo. No quería perderme nada. Verla dormir, comer, observar el mundo y sorprenderse era lo que ocupaba mi tiempo.
Tenía ratos libres, claro. Pero
no lograba la concentración y el clima adecuados para escribir. En ese tiempo
andaba en un debate interno. Porque venía de un lugar donde “los escritores son
bohemios”, “ser escritor no coincide con tener una vida familiar y ocuparse de
una casa”.
Y así fue como, poco a poco, dejé
de escribir y de tomarme el tiempo para hacerlo. No. No fue culpa de la
maternidad o de las ideas que tenía. Simplemente, no supe congeniar esas dos
partes de mi vida. Sentía que sólo tenía que ocuparme de que mi familia
chiquita funcionara. Digo “chiquita” porque la parte de mis padres y mis
hermanos estaba intacta. Yo quería una familia sólida como esa y tenía que
trabajar por y para eso. En mi mente, no había lugar para otra cosa. Me hace
feliz saber que voy por el buen camino (creo).
En estos casi veinte años pasaron
muchas cosas: Tuve otra hija, fundamos una empresa con mi marido, murieron mi
abuela, mi papá, la pasamos feo económicamente, compramos un auto… Muchas cosas
y, para todas, una anécdota. Cada tanto, despuntaba el vicio haciendo algún
posteo en Facebook. Pero no pude mantener la constancia ni los rituales para
escribir.
También, en todos estos años, me
convertí en una persona egoísta (para el afuera de mi círculo) y dura con
respecto a mis sentimientos. Y, por momentos, me olvidé de cómo era mi vida
antes: Llena de museos, recitales, encuentros de escritores, cuadernito,
lapicera y libro en la cartera.
De todos modos, UN POQUITO
escribí estos años. Hice muchos cursos, estudié a conciencia. Los cursos no
tenían nada que ver con Literatura, pero me obligaron a activarme y escribir
“alguna cosa”.
Hasta que el año pasado mis hijas
empezaron a leer las cosas que yo escribía y se sorprendieron. Y me retaron por
no seguir haciéndolo. También mi hermano me retó en una mesa de domingo: “¿Por
qué dejaste de hacerlo? Lo hacías bien”
Estos retos fueron los que
despertaron otra vez el bichito en mí. Pero (siempre hay un pero) tenía un
problema: TODO lo que yo escribía hablaba de amores imposibles, situaciones
ideales y utopías… Ya todos sabemos de
las utopías… Entonces, voy a volver a escribir, pero ¿sobre qué? Amores
imposibles no tengo, la vida real muchas veces no es la ideal…
Como persona del mundo actual,
abrí el Word en la PC y empecé a escribir sobre lo enojada que estaba por cosas
que me habían pasado ese día… Lo dejé por la mitad. No me encontraba a mí misma
escribiendo así. Lo intenté varias veces y lo mismo. ¿Cómo puede ser? Así que,
entre tantas cosas que pienso, también pensé en eso. En el medio, mi hermana me
regala un libro.
CLICK!! Ahí estaba. Necesitaba
papel. Al mismo tiempo, escuchaba (escucho) podscats sobre temas que me
interesaban. CLICK!! ¿Inspiración?
“Agarrá ya mismo un papel y una lapicera y escribí eso”. La parte de atrás del
cuaderno de pedidos se llenó de frases sueltas. Así que busqué otro cuaderno,
transcribí las frases y agregué otras. Y compré un cuaderno nuevo y escribí un
recuerdo que otras veces conté oralmente. Pero necesitaba escribirlo. En el
cuaderno de frases sueltas anoté todas las cosas sobre las que quiero escribir.
Volver a hacer lo que e hace
feliz, ser libre en el pedacito de papel. Probablemente ya no hable de utopías
o de amores imposibles, pero seguro voy a plasmar mis vivencias (o no). Ya no
más miedo a la hoja en blanco. Vamos a hacerlo a la antigua: papel y lapicera,
tiempo, ceremonias de café y cuaderno, cerrar los ojos y ver exactamente lo que
quiero escribir. Un compromiso con lo que fui, lo que soy y lo que seré.
No hay comentarios:
Publicar un comentario