martes, 13 de mayo de 2025

Cuaderno nuevo

                Ya muchas veces escribí sobre el bloqueo que sentía cuando quería escribir y no podía plasmar ni media palabra. Una cosa espantosa, donde hay un deseo muy grande y, pareciera, nada nuevo para decir. Hace aproximadamente 20 años me sucedía seguido. Había sido mamá recientemente y a pesar de querer escribir cada pequeño logro o gesto de mi beba, no podía hacerlo. No quería perderme nada. Verla dormir, comer, observar el mundo y sorprenderse era lo que ocupaba mi tiempo.

               Tenía ratos libres, claro. Pero no lograba la concentración y el clima adecuados para escribir. En ese tiempo andaba en un debate interno. Porque venía de un lugar donde “los escritores son bohemios”, “ser escritor no coincide con tener una vida familiar y ocuparse de una casa”.

               Y así fue como, poco a poco, dejé de escribir y de tomarme el tiempo para hacerlo. No. No fue culpa de la maternidad o de las ideas que tenía. Simplemente, no supe congeniar esas dos partes de mi vida. Sentía que sólo tenía que ocuparme de que mi familia chiquita funcionara. Digo “chiquita” porque la parte de mis padres y mis hermanos estaba intacta. Yo quería una familia sólida como esa y tenía que trabajar por y para eso. En mi mente, no había lugar para otra cosa. Me hace feliz saber que voy por el buen camino (creo).

               En estos casi veinte años pasaron muchas cosas: Tuve otra hija, fundamos una empresa con mi marido, murieron mi abuela, mi papá, la pasamos feo económicamente, compramos un auto… Muchas cosas y, para todas, una anécdota. Cada tanto, despuntaba el vicio haciendo algún posteo en Facebook. Pero no pude mantener la constancia ni los rituales para escribir.

               También, en todos estos años, me convertí en una persona egoísta (para el afuera de mi círculo) y dura con respecto a mis sentimientos. Y, por momentos, me olvidé de cómo era mi vida antes: Llena de museos, recitales, encuentros de escritores, cuadernito, lapicera y libro en la cartera.

               De todos modos, UN POQUITO escribí estos años. Hice muchos cursos, estudié a conciencia. Los cursos no tenían nada que ver con Literatura, pero me obligaron a activarme y escribir “alguna cosa”.

               Hasta que el año pasado mis hijas empezaron a leer las cosas que yo escribía y se sorprendieron. Y me retaron por no seguir haciéndolo. También mi hermano me retó en una mesa de domingo: “¿Por qué dejaste de hacerlo? Lo hacías bien”

               Estos retos fueron los que despertaron otra vez el bichito en mí. Pero (siempre hay un pero) tenía un problema: TODO lo que yo escribía hablaba de amores imposibles, situaciones ideales y utopías…  Ya todos sabemos de las utopías… Entonces, voy a volver a escribir, pero ¿sobre qué? Amores imposibles no tengo, la vida real muchas veces no es la ideal…

               Como persona del mundo actual, abrí el Word en la PC y empecé a escribir sobre lo enojada que estaba por cosas que me habían pasado ese día… Lo dejé por la mitad. No me encontraba a mí misma escribiendo así. Lo intenté varias veces y lo mismo. ¿Cómo puede ser? Así que, entre tantas cosas que pienso, también pensé en eso. En el medio, mi hermana me regala un libro.

               CLICK!! Ahí estaba. Necesitaba papel. Al mismo tiempo, escuchaba (escucho) podscats sobre temas que me interesaban. CLICK!!  ¿Inspiración? “Agarrá ya mismo un papel y una lapicera y escribí eso”. La parte de atrás del cuaderno de pedidos se llenó de frases sueltas. Así que busqué otro cuaderno, transcribí las frases y agregué otras. Y compré un cuaderno nuevo y escribí un recuerdo que otras veces conté oralmente. Pero necesitaba escribirlo. En el cuaderno de frases sueltas anoté todas las cosas sobre las que quiero escribir.

               Volver a hacer lo que e hace feliz, ser libre en el pedacito de papel. Probablemente ya no hable de utopías o de amores imposibles, pero seguro voy a plasmar mis vivencias (o no). Ya no más miedo a la hoja en blanco. Vamos a hacerlo a la antigua: papel y lapicera, tiempo, ceremonias de café y cuaderno, cerrar los ojos y ver exactamente lo que quiero escribir. Un compromiso con lo que fui, lo que soy y lo que seré.

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