Todavía recuerdo la fascinación que me causaba cada vez que mi abuelo agarraba algunas flores del ceibo de la vecina e inventaba pajaritos. Era un ritual. Porque hacer pajaritos rojos no era una tarea fácil entre tres preguntones.
Así que el Abuelo, primero,
desprendía la quilla del cáliz. Luego, la abría en dos y sacaba “estas cosas
que tiene adentro” (“Son el androceo y el gineceo”, corregía Leti). Una vez
separadas las alitas, hacemos unos agujeritos en “esta pollera” (“La corola”,
corregía de nuevo Leti) y ponemos las alitas en los agujeros.
Era MUY importante que las alas
estuvieran puestas de forma que, si fuera un pájaro de verdad, pudiera volar.
Después de las indicaciones lo intentábamos nosotros. Por supuesto, a la
tercera vez que nos explicó, ya sabíamos hacerlo. Pero con el Abuelo Negro todo
era descubrimiento. Aunque lo hiciéramos mil veces, cada vez había algo
distinto.
En ocasiones, el Abuelo agarraba
el carretel de piolín y, cuidadosamente, lo ataba a las “cabezas” de los
pajaritos. Los colgaba en la reja y nos hacía soplar. ¡Los pajaritos volaban!
Así, cada vez, quedaba fascinada
con los saberes de mi abuelo, que no eran más que ser un abuelo creativo. Los
pajaritos de ceibo tienen un lugar tan especial en mi ser que un día, sin darme
cuenta, me encontré enseñándole a mis hijas cómo hacerlos y recordando esas
tardes donde todo era diversión y asombro.
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