Hace algunos años en cualquier momento del año la planta de Leti florecía. Era una especie de cala que, según mi amiga, no da flores en enero.
Yo no me caracterizo por ser muy
constante con las plantas precisamente. Básicamente, me olvido de regarlas. Me
encanta verlas, pero me olvido que están y no las riego. Así que “la cala de
Leti” vivió casi diez años a base de agua de lluvia y alguna manguereada cuando
baldeaba el patio.
No daba muchas flores (a mí no me
daba) y por momentos parecía que se había muerto. Así es como renació muchas
veces, cuando yo empezaba a desviarme o a sentirme agobiada. Y, cuando sentía
que no podía más, aparecía una flor.
El florecimiento coincidía con
mis pensamientos a Leti. Todas las veces que pensaba en que si estuviera Leti
tomaríamos un cafecito y que me iba a decir que pasaría lo que tenía que pasar,
al día siguiente, una flor. Capaz hacía un calor insoportable o un frío
tremendo, pero cuando sentía que ya no podía más, aparecía una flor.
En algún momento dejo de suceder.
Supongo que fue en el momento en que empecé a convertirme en una persona más
dura e inflexible. La planta se murió y no volvió a revivir. Quedó la tierra
seca, con algunos yuyos eventuales. No sé si mi actitud habrá tenido que ver o
no, pero extraño eso que pasaba.
Me gusta pensar que estaba cerca,
que esa flor simulaba ese café que quería tomar con ella. Me gusta pensar que
se había ido y que me guiaba.
Y ahora, que me siento perdida,
no encuentro la señal de aliento, ni la mano en mi hombro que calma las
angustias.
Una simple flor que me ayudaba un
poco. ¿Y si comienzo a regar la maceta con tierra seca?
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